El amor romántico es el amor con mayúsculas. Las páginas de mil libros, las escenas de mil películas y las letras de mil canciones nos narran sus épicas venturas y desventuras. Ya sea en clave de pasión turca o de amarga despedida en Casablanca , el amor está en el aire y todo lo que necesitas es amor. Y en todos los casos, sin excepción, la idea subyacente es que el amor, el verdadero amor, supone una especie de fusión con la persona amada. Somos dos cuerpos y un solo corazón, dos que nos convertimos en uno. Porque existe un anhelo de unión con el otro y una necesidad de dejar atrás la temida soledad. Pero cuando la aritmética amorosa nos dice que uno más uno es sólo uno, es obvio que muchas cosas se pierden. Singularidades, deseos y proyectos propios desaparecen en aras del tan loado sacrificio por amor. ¿Es eso el buen amor? ¿Amar consiste en dejar parte de nosotras mismas por el camino? En realidad, el buen amor es mucho más que eso. En el buen amor, como escribió Benedetti, uno más uno es mucho más que dos.
El amor significa, sobre todo, respeto. Respeto por todo lo que el otro es, respeto por todo lo que tú misma eres y respeto por el camino compartido, sin excepciones. Una vez entendido esto, si hay algo en el otro que choca frontalmente con nuestros valores básicos, debemos plantearnos si realmente esa relación es adecuada para nosotras o no. Pero siempre debe haber respeto. Y, si lo hay, también habrá libertad: cada miembro de la pareja debe sentirse libre de ser él mismo en el marco de la relación compartida. Esta especie de emancipación emocional en el amor se define, según el terapeuta Walter Riso, por tres tipos de libertades básicas: la libertad de conciencia, la libertad de gustos y actividades, y la libertad de asociación. Cuando alguna de estas tres libertades brilla por su ausencia, es el momento de reflexionar honestamente y afrontar que quizá lo que nos une a la otra persona no es amor. Puede ser obsesión, dependencia o miedo, pero probablemente no es amor, probablemente no es buen amor.
La paradoja del amor es ser uno mismo sin dejar de ser dos”, Erich Fromm

La primera de las libertades, la de conciencia, implica que cada uno de los miembros de la pareja puede pensar, sentir y opinar sin coacciones sobre todas las áreas significativas de su existencia. Nadie restringe su libertad de expresión, nadie bloquea sus pensamientos o sus sentimientos legítimos y, sobre todo, no se ve en la obligación de dejar de decir lo que piensa para no perturbar la relación o no crear malestar al otro. Y, cuando digo “nadie”, me refiero no sólo al otro miembro de la pareja, sino también a él o ella misma. Porque ¿cuántas veces nosotras mismas decidimos callar porque creemos que al otro no le va a gustar lo que tenemos que decir? A veces nosotras somos las primeras en negarnos esta libertad, y detrás de esta autorepresión suele estar el miedo a perder al otro, a que deje de querernos. El miedo a la soledad. Aunque conviene que no nos engañemos: suele ser mejor la soledad que el sometimiento y la prohibición.
La segunda libertad básica es la libertad de gustos y actividades. Esa libertad que nos permite diseñar nuestro propio plan de vida conforme a cómo somos y hacer los que nos plazca siempre que no dañemos a nadie. Si por amor me veo en la obligación de cambiar mi manera de ser, o de abandonar mi vocación y mis gustos, el amor deja de ser un terreno abonado de posibilidades y se convierte en una esclavitud. Si para complacer al otro elijo ir en contra de mí misma, no sé si tengo amor, pero lo que sí tengo es un problema que explotará antes o después. Porque callar y otorgar de manera continua nos acaba llenando de resentimiento y malestar, hacia el otro y hacia nosotras mismas. Y quien va tragando sapos, acabará vomitando dragones.
No te necesito, te prefiero”, Walter Riso

La tercera gran libertad es la de asociación, la de poder unirse a otros para cualquier propósito que no ocasione daños a terceros. A menudo, y creo que muy especialmente en el caso de las mujeres, por amor aceptamos alegremente perder los amigos y los grupos de referencia. Pero no es posible vivir única y exclusivamente para la persona amada y no anularse, porque todo ser humano necesita la vida en sociedad para funcionar de manera óptima. En esta especie de “amor de presidio” que define Riso, en el cual ambos viven en exclusividad el uno para el otro, el ser amado es retenido (o elige ser retenido) en nombre del amor, a menudo disfrazado de falsa protección. Pero, en realidad, estas relaciones cerradas resultan asfixiantes y aniquilan el potencial de las personas implicadas. Incluso acaban con el mismo amor que tanto defienden.
En resumen, la libertad es un ingrediente necesario en la receta del buen amor. Dar y darse libertad es básico para que el amor sea un mar abierto y no una oscura cárcel. Dar y darse la libertad de ser una misma, de mantener la propia esencia, para que nuestro yo y el yo del otro se reafirmen y crezcan en cada encuentro afectivo. Amar es un riesgo y debemos aceptar la incertidumbre que le es propia. Libre de miedos y lleno de confianza y respeto, el amor saludable nos hará crecer en este camino que hemos elegido recorrer juntos, de manera que seremos no uno, sino mucho más que dos.
Y tú, ¿vives una relación de pareja que te incomoda y te frustra? ¿Sientes que para seguir adelante con el proyecto común estás renunciando a ti misma? ¿Te has planteado que el buen amor debe sumar y nunca restar?